Tratamiento de los problemas de alimentación en niños
Si las comidas se han convertido en una hora de pelea diaria, el problema ya no es solo lo que come: es lo que ha pasado a significar sentarse a la mesa.
Cada uno tiene su papel en la mesa
Hay una etapa entre los dos y los seis años en la que rechazar alimentos nuevos es normal y esperable: se llama neofobia alimentaria y forma parte del desarrollo. Que un niño de esa edad sea tiquismiquis casi nunca es un problema clínico.
El principio que mejor ordena todo esto reparte los papeles con claridad: los adultos deciden qué se come, cuándo y dónde; el niño decide si come y cuánto. Cuando esa frontera se cruza —insistir, obligar, perseguirle con la cuchara, premiar con postre— es cuando aparecen los problemas de verdad.
Porque la presión funciona al revés de lo que parece: aumenta el rechazo al alimento y convierte la comida en un terreno de conflicto. Y una vez que la mesa es un campo de batalla, comer deja de ser una necesidad y pasa a ser una discusión que hay que ganar.
Aparte está el trastorno por evitación o restricción de la ingesta, que es otra cosa: come muy poco o muy poca variedad por textura, por miedo a atragantarse o por falta de interés, sin que tenga nada que ver con el peso ni con la imagen. Ahí sí hay que intervenir.
Cuándo deja de ser ser tiquismiquis
Comer poco algunos días, tener manías y rechazar lo nuevo entra dentro de lo normal en la infancia.
Lo que conviene consultar es cuando hay repercusión física, cuando la variedad se ha reducido mucho o cuando la mesa se ha vuelto insoportable.
Contadnos qué habéis notado- La lista de alimentos que acepta se ha ido reduciendo.
- Rechaza grupos enteros: todo lo verde, todo lo que tenga tropezones.
- Rechaza por textura, color o porque los alimentos se toquen.
- Las comidas duran mucho y acaban en llanto o en gritos.
- Le da miedo atragantarse o vomitar.
- Ha dejado de crecer o de ganar peso como debería.
- No come en el comedor del colegio ni en casa de otros.
- En casa se cocinan dos menús distintos todos los días.
Antes de empezar conviene una valoración con su pediatra: la parte física y el crecimiento se vigilan siempre, y algunas causas médicas hay que descartarlas.
Bajar la tensión y ampliar poco a poco
El primer objetivo casi nunca es que coma más: es que la mesa deje de ser un conflicto. Sin eso, cualquier avance dura dos días.
Después se amplía la variedad, y se hace por aproximaciones muy pequeñas, sin obligar en ningún momento.
Ver qué está pasando
Qué come, qué rechaza y por qué motivo, cuánto duran las comidas y qué hace cada uno. Con registro, no de memoria.
Devolver los papeles
Vosotros decidís qué, cuándo y dónde; él decide si come y cuánto. Retirar la presión es el primer cambio y el más difícil.
Ordenar la rutina
Horarios, sin picoteo entre horas, comidas con un límite de tiempo y todos sentados a la vez.
Ampliar por pasos
De tolerar el alimento en la mesa a tocarlo, olerlo y probarlo. Cada paso se repite hasta que le aburre.
Si hay miedo, tratarlo
Cuando el rechazo viene de miedo a atragantarse o de una mala experiencia, se trabaja como una fobia, con exposición gradual.
Lo que más nos preguntan los padres
Y si os queda alguna, escribidnos. Preguntar no compromete a nada.
Preguntar por WhatsAppCome muy poco. ¿Es normal?
¿Le obligo a probarlo?
¿Y si no come, le doy otra cosa?
Solo come pasta, pan y embutido.
¿Esto puede acabar en un trastorno alimentario?
¿Cuánto cuesta la sesión?
Si quieres leer un poco más
Que sentarse a la mesa deje de ser una batalla
Contadnos cómo son las comidas y os decimos por dónde se empieza.


