Poner normas y límites en casa sin que estalle todo
Las normas están puestas. El problema es que se saltan, que negociarlas agota y que a la tercera vez se cede, porque nadie tiene fuerzas para otra bronca a las once de la noche.
Una norma que se negocia cada día no es una norma
Casi nunca faltan normas. Lo que falta es que se sostengan. Y sostenerlas no es cuestión de carácter: es cuestión de que estén claras, sean pocas y las diga la casa entera, no solo el que está de peor humor ese día.
Cuando una norma se negocia cada vez, deja de ser una norma y pasa a ser una propuesta de partida. El niño o el adolescente no está siendo manipulador: ha aprendido, con datos, que insistir funciona. Y funciona porque alguna vez funcionó.
El otro punto donde se cae es la consecuencia. Si es enorme —un mes sin móvil— no se cumple, y si no se cumple enseña que las consecuencias son de mentira. Una consecuencia pequeña que se aplica siempre pesa más que una enorme que no se aplica nunca.
Y hay un tercer factor que se ve poco: cuando los adultos no van a una, la norma se cae sola. De eso va la página de cuando los padres no os ponéis de acuerdo.
Cuando en casa manda quien más aguanta
La mayoría de las familias que llegan por esto no vienen diciendo «no sabemos poner límites». Vienen agotadas.
No hace falta que se cumplan todas. Si os reconocéis en dos o tres, ya tiene sentido mirarlo.
Contadnos qué está pasando- Cada norma hay que repetirla varias veces y acaba en discusión.
- Se cede por cansancio y luego da rabia haber cedido.
- Uno pone el límite y el otro lo levanta a la media hora.
- Los castigos son enormes y no se llegan a cumplir.
- En casa se grita más de lo que os gustaría.
- Las pantallas y los horarios son una negociación diaria.
- Alguien ha dicho «contigo se porta mejor que conmigo».
- Los hermanos tienen normas distintas y ya nadie recuerda por qué.
Ceder de vez en cuando no rompe nada. Lo que rompe es que ceder sea la forma habitual de terminar el conflicto.
Menos normas y que se cumplan
El objetivo no es tener una casa obediente. Es que la convivencia deje de consumir toda la energía de todos.
Se trabaja con los adultos y, según la edad, también con los hijos. Que ellos participen en fijar algunas normas es lo que hace que las defiendan.
Ver qué hay puesto
Qué normas existen de verdad, cuáles se cumplen, cuáles no y qué pasa exactamente cuando alguien se las salta.
Reducir la lista
Quedarse con las pocas que importan y soltar las que solo generan fricción. Menos frentes, más firmeza en los que quedan.
Acordarlas entre los adultos
Antes de decirlas en voz alta. Una norma que los adultos no comparten no llega al lunes siguiente.
Consecuencias que se puedan aplicar
Pequeñas, inmediatas y sostenibles. Se ensayan aquí, incluido lo que decís cuando el otro se enfada.
Revisar y ajustar
Qué funcionó y qué no, sin dramatizar los tropiezos. Una norma que no funciona se cambia, no se grita más fuerte.
La persona del equipo que lleva esto
Si acabas pidiendo cita por este motivo, es con quien te vas a sentar.
Lo que más nos preguntan las familias
Y si os queda alguna, escribidnos. Preguntar no compromete a nada.
Preguntar por WhatsAppEsto es cosa de mi hijo, ¿por qué venimos todos?
¿No es demasiado tarde con dieciséis años?
Mi pareja me deja siempre de malo.
¿Poner límites no le va a hacer daño?
¿Cuántas sesiones hacen falta?
¿Cuánto cuesta la sesión?
Que en casa mande el acuerdo y no el cansancio
Contadnos cómo va un día normal y os decimos por dónde se empieza.



