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Heridas de la infancia: cuando lo que viviste de niño sigue pesando

Sofía Gil 1 noviembre, 2026

Trauma Una mujer adulta y una niña que se le parece, sentadas frente a frente en dos taburetes, se miran y sonríen: las heridas de la infancia

«La verdad sobre nuestra infancia está almacenada en nuestro cuerpo y, aunque podamos reprimirla, jamás podremos alterarla».

Alice Miller

«A mí no me pasó nada tan grave».

Es una de las frases que más oímos en consulta, y quien la dice casi nunca ha pedido cita para hablar de su infancia. Viene por ansiedad o por problemas de pareja, y cuando sale el tema de su casa lo cuenta deprisa, como quien habla del tiempo: suele decir que en su familia todo estaba bien. Pero al tirar del hilo, muchas veces aparece una infancia en la que había que estar pendiente de todo para que no estallara nada.

No hubo un accidente ni una agresión que se pueda marcar en el calendario. Fueron años de lo mismo, y eso también deja huella. Es lo que se conoce como heridas de la infancia.

Vamos a contarte qué son, qué hay de cierto en eso de las «cinco heridas», cómo pueden notarse de adulto y cuándo llegan a ser trauma. Y también qué se puede hacer con ellas, que es lo que más importa.

Qué son las heridas de la infancia

De niño necesitas mucho más que comida y un techo. Necesitas que alguien se dé cuenta de cómo estás, que te consuele cuando lo pasas mal, que te proteja, que te deje equivocarte sin que se venga el mundo abajo y que te quiera sin que tengas que ganártelo.

Ninguna familia lo hace perfecto, y no hace falta. Un mal día, un grito de más o una injusticia que luego se habla y se arregla no dejan herida. Hablamos de heridas de la infancia cuando eso falla durante mucho tiempo y nadie lo repara. El término no aparece en ningún manual de diagnóstico, pero describe bien algo que vemos a diario: un niño se adapta a lo que hay en su casa, y esa forma de adaptarse se viene con él a la vida adulta.

A veces la herida viene de lo que pasaba:

  • Gritos, peleas o silencios de días que eran lo normal, y no la excepción.
  • Miedo en casa: a un padre o una madre que bebía o que estallaba sin avisar, a no saber nunca cómo iba a acabar el día.
  • Humillaciones, comparaciones con un hermano o burlas «de broma».
  • Estar en medio de una separación: hacer de mensajero, tener que elegir o escuchar lo malo que era el otro.

Y muchas otras veces, de lo que faltaba:

  • Nadie preguntaba cómo estabas, y había emociones prohibidas: «no llores», «no te enfades», «no es para tanto».
  • El cariño había que ganárselo con buenas notas, portándote bien o no dando problemas.
  • Papeles cambiados: cuidabas de tus hermanos o consolabas a uno de tus padres, cuando el niño eras tú.
  • Un padre o una madre que estaba sin estar, por una depresión, una adicción o un trabajo que se lo comía todo.
  • Sobreprotección: no te dejaban equivocarte, y aprendiste que el mundo era peligroso o que tú no podías con él.

Lo que faltaba cuesta más de reconocer, porque no deja recuerdos concretos. Es difícil echar de menos algo que nunca tuviste.

Muchas de esas familias querían a sus hijos. Querer y saber cuidar no siempre van juntos, y muchas veces los padres repetían lo que ellos mismos habían vivido. Entenderlo puede ayudarte a mirarlo de otra manera, pero no borra lo que a ti te dolió.

¿Y las «cinco heridas» de las que tanto se habla?

Si has buscado sobre esto, seguro que te ha salido Las cinco heridas que impiden ser uno mismo, el libro que publicó en el año 2000 Lise Bourbeau, autora quebequesa nacida en 1941 y fundadora de la escuela de desarrollo personal Écoute Ton Corps («Escucha a tu cuerpo»). Bourbeau no es psicóloga, y el libro es de autoayuda. Según ella, cada herida nace en la infancia y nos lleva a ponernos una «máscara» para no volver a sentir ese dolor:

  • Rechazo, con la máscara de huidizo: sentir que no tienes derecho a existir ni a ocupar sitio. Lleva a pasar desapercibido y a apartarse de los demás.
  • Abandono, con la máscara de dependiente: haberte sentido solo y sin la atención que necesitabas. Lleva a necesitar mucho a los demás y a temer la soledad.
  • Humillación, con la máscara de masoquista: haberte sentido avergonzado o menospreciado. Lleva a ponerte siempre en último lugar y a cargar con lo de todos.
  • Traición, con la máscara de controlador: haber confiado en alguien que no cumplió lo que prometía. Lleva a querer tenerlo todo bajo control y a desconfiar.
  • Injusticia, con la máscara de rígido: haber crecido con frialdad o con exigencias que no eran para tu edad. Lleva al perfeccionismo y a desconectarte de lo que sientes.

Es fácil entender por qué ha gustado tanto: pone palabras a cosas que muchas personas sienten, y si te ha ayudado a reconocerte en algo, eso tiene valor. Pero no hay estudios que respalden estas cinco heridas, y la autora llega a relacionar cada una con una forma del cuerpo, algo que no tiene ninguna base. Además, quedarte con una etiqueta («lo mío es el abandono») explica poco, porque lo que te pasa tiene su propia historia.

Lo que sí se ha estudiado a fondo es el apego, el mapa que nos dejan las primeras relaciones sobre lo que podemos esperar de los demás, y las experiencias adversas en la infancia. Un estudio de 1998 con más de 9.000 adultos encontró que más de la mitad había vivido al menos una (maltrato, abusos, violencia en casa, padres con adicciones o con una enfermedad mental), y que cuantas más se sumaban, más problemas de salud física y mental aparecían de adulto.

Lo que puede seguir ahí años después

Las heridas de la infancia casi nunca vuelven en forma de recuerdo. Aparecen en cómo vives hoy, y esto es lo que más vemos en consulta.

Contigo. Si el cariño dependía de lo que hacías, es fácil que hoy te exijas muchísimo y que nada te parezca suficiente. Te hablas con una dureza que no usarías con nadie y te cuesta descansar sin sentirte culpable. En el trabajo eres quien nunca falla ni se queja, hasta que el cuerpo dice basta. A veces se queda en perfeccionismo; otras, en una autoestima que se tambalea con cualquier crítica.

Con lo que sientes. Si en casa no se podía llorar ni enfadarse, puede que hoy no sepas bien qué sientes, o que lo notes solo en el cuerpo. O justo lo contrario: emociones que se disparan por un tono o un silencio, y que luego te avergüenzan.

Con los demás. Si de niño tenías que estar pendiente del humor de los mayores, hoy lo notas todo antes que nadie y te adaptas sin darte cuenta. Te cuesta decir que no o pedir ayuda, y cuando lo haces, te disculpas.

En pareja. Es donde más se nota, porque es la relación que más se parece a aquellas primeras: miedo a que te dejen, dependencia emocional, celos o distancia cada vez que alguien se acerca demasiado. Y a veces, la sensación de estar repitiendo justo lo que te prometiste no repetir. Cuando eso pesa en la relación, se puede trabajar también en terapia de pareja.

Con tus hijos, si los tienes. Hay quien se da cuenta de todo esto al ser madre o padre: te oyes diciendo frases que te dijeron a ti, o reaccionas con una rabia que no entiendes. Si notáis que en casa se repite, la terapia familiar ayuda a cortarlo entre todos.

Nada de esto es exclusivo de una infancia difícil, y reconocerse en algo no quiere decir que la tuya lo fuera. Lo que más orienta es desde cuándo llevas así y cuánto te pesa hoy.

Por qué se confunde con tu forma de ser

Porque empezó tan pronto que no tienes un «antes» con el que comparar.

Si algo te pasa a los treinta, sabes cómo eras antes y notas el cambio. Si te pasa a los seis, no hay una versión anterior de ti: lo que aprendiste para manejarte en aquella casa acabó siendo tu forma de ser. Por eso casi nadie piensa «esto lo aprendí». Lo que se piensa es «yo soy así», y con eso parece que no hay nada que hacer.

Con el «no fue para tanto» del principio pasa lo mismo. Quitarle importancia era lo que te permitía seguir adelante mientras aquello pasaba, y se quedó contigo. No hace falta comparar lo tuyo con lo de nadie: hay quien lo pasó peor, claro, y eso no hace que lo tuyo cuente menos.

También explica que haya personas que llegan a consulta después de años tratando la ansiedad o la depresión, con mejorías que no terminan de sostenerse. Cuando debajo hay una historia así, conviene mirarla también.

Cuándo una herida es trauma

No toda herida de la infancia es un trauma. Pero en algunas casas no hubo solo tensión: hubo maltrato continuado, abusos o violencia de los que un niño no podía escapar. En esos casos, lo que queda de adulto puede tener nombre propio.

Desde 2022, la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS, la CIE-11, incluye el trastorno de estrés postraumático complejo, al que muchas veces se llama simplemente trauma complejo. Tiene los síntomas del postraumático de toda la vida (revivir lo que pasó, evitar lo que te lo recuerda, vivir en alerta) y, además, tres dificultades que se mantienen en el tiempo:

  • Para regular lo que sientes: te desbordas por algo que a otra persona apenas le afectaría, o te quedas en blanco, como apagado. Hay días en que pasan las dos cosas.
  • Con la imagen que tienes de ti: la sensación de fondo de que no vales, de que hay algo estropeado en ti o de que la culpa es tuya, muchas veces con mucha vergüenza.
  • En las relaciones: te cuesta sentirte cerca de los demás o mantener los vínculos, a veces por miedo a que te dejen y a veces por miedo a que se acerquen demasiado.

Verte reflejado en esta lista no basta para un diagnóstico. Eso lo hace un profesional, con calma y conociéndote.

El manual estadounidense, el DSM-5-TR, no lo recoge como diagnóstico propio. Si te ves aquí, quédate con esto: tiene nombre y tiene tratamiento. Lo trabajamos en nuestra consulta de trauma, y cuando hay violencia sexual de por medio, con un enfoque específico.

¿Se pueden sanar las heridas de la infancia?

Sí, aunque no de un día para otro. Lo primero es entenderlo: cuando alguien ve que lo que le pasa tiene una explicación, la sensación de estar roto sin motivo empieza a aflojar. Con eso solo no basta, pero ya se empieza desde otro sitio.

Después, el orden importa. No se empieza por lo que dolió. Primero hace falta tener suelo: entender cómo reacciona tu cuerpo, aprender a calmarlo y poner algo de orden en el día a día. Entrar en los recuerdos sin esa base puede desbordarte más de la cuenta.

Con eso en pie se trabaja lo demás: lo que aprendiste sobre ti en aquella casa, cómo te relacionas hoy y qué relación quieres tener con tu familia ahora, que también es decisión tuya. Lleva su tiempo, y se puede.

Si quieres mirarlo con alguien

¿Llevas años pensando que eres así y has empezado a sospechar que quizá lo aprendiste? Puede que tengas razón, y es una buena noticia: lo que se aprende también se puede cambiar.

En MindUp Psicólogos, en el centro de Murcia, vamos a tu ritmo y hablamos de lo que quieras contar cuando te sientas preparado. No hace falta que vengas con todo ordenado: con un «creo que lo de mi infancia me sigue pesando» nos vale para empezar.

Si lo que más se nota es en cómo te relacionas, esto lo explica desde otro ángulo: ¿por qué me atraen las personas emocionalmente no disponibles?. Y si quieres entender de dónde viene ese mapa de los vínculos: apego, amamos como nos amaron.

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Sofía Gil, directora clínica de MindUp Psicólogos

Escrito por

Sofía Gil

Directora clínica · Psicóloga sanitaria · MU-2732

Los trastornos de la personalidad son su terreno desde el principio; también trauma, TOC y adicciones. Dirigir el centro no le ha quitado horas de consulta. Le interesa más la pregunta que todavía no sabe contestar, y de ahí sale casi todo lo que ha estudiado después. Escribe cuando una duda se repite tanto que merece una respuesta por escrito.

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